Una mirada desde la agroecología a la producción de alimentos

El modelo agrícola que se viene practicando desde mediados del siglo XX ha demostrado ser un modelo que, pese a su mejora en la productividad, supone la aplicación de un sistema extremadamente artificioso, que requiere de altos insumos externos en forma de fertilizantes, pesticidas y otros agroquímicos, así como un elevado consumo de energía. Así pues, la agricultura convencional ha estado de alguna manera subvencionada durante las últimas décadas por un recurso no renovable y en declive. Los cambios en la producción de petróleo en los próximos años y el demostrado deterioro que supone para los agrosistemas de este modelo de producción hacen imprescindible que busquemos nuevos modelos agrarios que tengan como objetivo la rentabilidad global en términos ecológicos. Y es que el modelo agroindustrial está provocando una crisis ambiental ya altamente visible. Según la FAO, este sistema de producción y sus industrias asociadas supone una tercera parte del calentamiento global y como consecuencia del cambio climático, y es además responsable de la contaminación de los acuíferos, la degradación del suelo, la pérdida de biodiversidad y de diversidad genética. Añadimos a esto que no está demostrado que pueda responder de aquí a las próximas décadas a las necesidades alimentarias de una población en aumento. Factores como el cambio climático, el pico del petróleo y la crisis del agua, nos hacen pensar que un nuevo modelo que haga frente a los graves problemas a los que se enfrenta el siglo XXI sea una urgencia planetaria.

Diversos estudios demuestran que la agricultura convencional ofrece grandes beneficios a corto plazo, pero deteriora a veces hasta su irrecuperabilidad los terrenos que soportan aquello de lo que nos alimentamos. Cada año perdemos porcentajes altos de suelo fértil. Según la FAO, solo el 11% de la superficie planetaria puede disponerse para el cultivo, y un 23% de esta denota ya problemas de intoxicación por químicos. Al año, debido a las prácticas de la agroindustria, perdemos 13 millones de bosque y 24.000 millones de toneladas de suelo fértil. Y por ello, nuestra investigación en la mejora de los suelos y en evitar su deterioro es una garantía para nuestra seguridad alimentaria. Esto es, virar nuestras tendencias agriculturales hacia la agroecología.

La agroecología es una disciplina integradora que desde una perspectiva holística, define, clasifica y estudia los sistemas agrícolas desde un ámbito productivo, ecológico y socioeconómico, centrándose en la estabilidad ecológica del sistema de producción (Bello et al., 2002). Inicialmente se basaba en el estudio de la producción de cultivos y en aspectos relacionados con su protección, teniendo como base cuatro principios: la productividad, estabilidad, sostenibilidad y equidad. Actualmente, se centra más en la creación de prácticas sostenibles que reduzcan el impacto ambiental de sus actividades.

En estos momentos, vemos necesario aclarar la diferencia entre la agricultura ecológica y la agroecología.

La primera se entiende como una práctica agrícola basada en la aplicación de unas normas muy estrictas sobre el uso de tóxicos y transgénicos. Asimismo, permite la aplicación de remedios naturales (aquellos demostrados no ser tóxicos para el ser humano) como hormonas, sales minerales, promotores de la floración… sustancias que, aun no siendo nocivas, modifican trascendentalmente los ecosistemas. Además,  la legislación en agricultura ecológica no contempla el gasto energético de transporte de mercancías ni la intensificación de cientos de hectáreas de monocultivo y por tanto mantiene la misma lógica mecanicista que el cultivo industrial. Por lo que en muchos casos, practicar la agricultura ecológica no conlleva directamente la reducción de insumos derivados del petróleo  y una llamativa mejora para el medio ambiente.  La agroecología, en cambio, es una disciplina casi filosófica que contempla el aumento en la producción de alimentos conservando los recursos naturales y la biodiversidad. Es una propuesta metodológica de transformación social, con una mirada solidaria, comunitaria y local. Conlleva un planteamiento más amplio, tanto de estudio de los biosistemas para su emulación y menor perturbación del medio, como la relación directa con las prácticas agrícolas tradicionales que se han demostrado sostenibles a lo largo de décadas. Aunque también restringe el uso de agroquímicos, es una filosofía que tiene en cuenta, no solo la salud del ser humanos sino del planeta en su conjunto pues incluye la producción, transformación y consumo respetuoso para la diversidad social y natural de los sistemas locales.

Una de las críticas que se hace a la agricultura ecológica es que no es capaz de hacer frente a la demanda de alimentos que según algunos autores se duplicará en los próximos 50 años. Su aplicación supondría pues, la ampliación de los terrenos de cultivo y como consecuencia la tala de hectáreas forestales, algo que perjudicaría los beneficios que se obtienen con las nuevas prácticas agrícolas. Por lo general, la agricultura ecológica supone una baja del 25% de la productividad con respecto a la agricultura convencional. Es por ello que se hace necesaria investigación desde una perspectiva agroecológica que satisfaga las necesidades de la población actual, así como de las generaciones futuras, al tiempo que se preservan los recursos del capital natural.

En el transcurso de estos años de trabajo en el huerto en la terraza en el CA2M, hemos intentado siempre mantener una visión agroecológica pues nuestra intención no es mostrar ejemplos de sistemas altamente productivos sino de hacer entender cómo funciona un agrosistema sostenible y cómo deben aplicarse las prácticas agrícolas para preservar los recursos naturales para las generaciones futuras. Así pues, este año hemos decidido dar nuestras sesiones desde una perspectiva más enfocada al cuidado de la tierra, entendiéndola como un ente vivo y no como un soporte para nuestra producción. El “cultivo de suelo” será un tema trasversal en todos nuestros talleres de huerto, pues si cuidamos nuestro suelo, tendremos garantizada nuestra subsistencia.

* Gran parte de la información de este texto ha sido sacada de García Álvarez, Avelino y Cardona García, Ana Isabel (2015), “La ecología de los Sistemas Agrarios como única vía de mantener la sostenibilidad del capital natural”, en Tello, Javier et al. (2015), La sociedad, la agricultura y el suelo, Gran Canaria, ICIA.

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