Recolección de semillas II

La recolección de semillas es una tarea muy necesaria en el huerto y que casi daría para hablar un curso entero, ya que cada planta tiene unas condiciones de producción, recolección y conservación de semillas concreto que precisa de pararse a entender.

Producir nuestras propias semillas es, así, casi una labor propia de un artesano. Una labor que poco a poco se está perdiendo. Debido a la facilidad de acceder a la compra de semillas, ahora también de semillas ecológicas, los hortelanos olvidan muchas veces la importancia de producirlas por nosotros mismos. Esto, unido a las iniciativas internacionales para el control en la producción de semillas, reduce nuestras posibilidades de actuación. Es por ello que debemos mantenernos firmes si queremos conservan nuestra soberanía alimentaria.

La importancia de producir nuestras propias semillas radica en diversos factores:

Por un lado, nos hace autónomos en el proceso de producción de alimentos, abaratando los costes y haciéndonos los dueños de nuestra propia elección de semillas. Si no somos dueños de nuestras semillas, jamás tendremos control sobre lo que comemos.

Por otro, colabora en la conservación de la biodiversidad local, puesto que el mercado de las semillas reduce las mismas a unos cuantos ejemplares, en su mayoría resistentes a todo tipo de climas, aunque no siempre es así.

Recolectar nuestras semillas nos permite también escoger aquellos ejemplares que más se adecuen a nuestras necesidades.

La disminución de la diversidad vegetal ha sido enorme desde el comienzo de la agricultura. Se dice que en la prehistoria, manejábamos unos 1000 ejemplares distintos de especies para alimentarnos. Ya en el Antiguo Egipto, este número se redujo a 500. Durante el siglo XIX tan sólo 100 ejemplares se movían en el mercado convencional. Hoy en día, apenas 30 especies son las que abastecen nuestras despensas. En nosotros está el que este número vuelva a incrementarse, para dotar a nuestros platos más variedad y por tanto, propiedades alimenticias y a nuestras tierras de especies más adaptadas a nuestros climas. Esto último permitiría cultivar especies más resistentes a las plagas y enfermedades, así como a los cambios climáticos de nuestra zona.

¿Pero cómo conseguirlo?

Los agricultores más longevos, poseen todavía gran cantidad de especies que han sido cultivadas toda la vida en las tierras cercanas. En ocasiones han dejado morir muchas variedades como consecuencia de las aparentes ventajas que supuso la Revolución Verde. Pero estas ventajas no han sido tales a la larga. Frente a la reducción del esfuerzo en el trabajo del campo, hemos perdido no sólo esta diversidad, sino también deteriorado tanto la calidad de la tierra como la del agua con la que regamos y bebemos. Esta Revolución ha favorecido la aparición de especies ya no adaptadas a nuestro clima sino adaptadas a otros factores modernos como la resistencia al transporte y mantenimiento en expositores, almacenado en cámaras, tamaño y forma… Además, algunas semillas catalogadas como híbridas (variedades F1 y F2) aunque menos propensas a enfermedades, son más exigentes en nutrientes y agua. Si lo que pretendemos con nuestra agricultura es cambiar este modo de producción y comercialización de nuestros alimentos, es necesario que cambiemos el tipo de selección.

Cómo seleccionar los ejemplares adecuados:

Recolectar semillas no implica simplemente dejar espigar una planta o madurar un fruto para retirar después sus semillas. Implica un proceso de observación, mantenimiento y selección de las plantas para poder elegir aquellas que más se adapten a nuestras necesidades. Hemos de tener en cuenta que en la selección realizada de cada generación, estamos colaborando a la modificación de la especie. Por tanto, no debemos recolectar sin más contribuyendo a la degeneración de la especie sino que debemos escoger aquellas que nos permitan eliminar los defectos y favorecer las cualidades que más se amoldan a nuestras necesidades.

Los criterios para la selección pueden ser múltiples:

  • el plazo de germinación: por lo general, descartaremos aquellas que hayan tardado más en germinar, favoreciendo las de germinado rápido. En cuatro o cinco generaciones, podemos conseguir que se adelanten los plazos de germinación, reduciendo así el tiempo de los delicados cuidados en semillero.
  • el crecimiento regular: hemos de pensar si nos interesa conseguir variedades más precoces, tempranas o tardías. Según el momento en que queramos recolectarlas.
  • el momento de floración o fructificación: al igual que en el caso anterior, seleccionaremos las plantas cuyo nacimiento de flores y frutos se adapte mejor a nuestros intereses.
  • la resistencia a peculiaridades del clima, enfermedades o parásitos propios de la zona. Esto nos permitirá reducir la cantidad de productos preventivos y pesticidas en nuestras plantas y nos asegurará la cosecha.
  • el rendimiento (en cuanto a cantidad de frutos), forma (fácil pelado o corte para su cocinado), color (no sólo hablando de la apariencia física sino de las cualidades de los frutos. El caso de las calabazas potimarrón es muy peculiar: anteriormente eran verdes con partes anaranjadas. Aquellas partes verdes eran más difíciles de pelar, por lo que se fueron seleccionando aquellas más anaranjadas hasta conseguir la variedad que hoy conocemos).
  • el sabor. Aunque este no siempre es fácil de conocer antes de probar el fruto. Para el caso de las cucurbitáceas, como el momento de recoger la semilla puede coincidir con el momento de consumo es sencillo. Para otros casos como el de los tomates, podemos analizar su consistencia, su contenido en agua… para hacernos una idea.

Un poco de botánica antes de continuar:

Cuando hablamos de la reproducción de las plantas de nuestro huerto hemos de diferenciar dos tipos de reproducción principalmente:

(Omitimos aquí la reproducción por división de matas, rizomas, esquejes… puesto que hay plantas como la cola de caballo que no producen semillas y no son objeto de este taller).

Plantas autógamas: aquellas cuyas flores poseen órgano masculino y femenino y por tanto se autofecundan.

Plantas alógamas: aquellas que poseen flores femeninas y flores masculinas. Dentro de esta clasificación podemos distinguir las llamadas monoicas (las flores masculinas y femeninas pueden darse en la misma planta, como el caso del pepino o el calabacín) y dioicas (las flores femeninas y masculinas se dan en plantas distintas, como sucede con la espinaca o el kiwi).

También hemos de distinguir tres tipos de plantas según el momento de floración:

Plantas anuales: la gran mayoría de las hortalizas son anuales. Su germinación, desarrollo y reproducción se produce en menos de un año. El tomate, el pimiento y las lechugas son ejemplos de ello.

Plantas bianuales: necesitan más tiempo para producir las flores. Por lo general, si se siembran en primavera, florecerán en la primavera del año siguiente. Por ejemplo el apio, la remolacha y la zanahoria. En este último caso, se conoce que la zanahoria que hoy consumimos proviene de una variedad silvestre que es anual y todavía hoy convive con ella. El hombre la ha ido modificando para que se volviese bianual, permitiendo así que su raíz engorde más para su consumo. Los casos de hibridación con la zanahoria silvestre son muy comunes, por eso con esta especie hay que tener gran cuidado si queremos mantener la variedad.

Plantas vivaces: son plantas que duran varios años, y producen semillas varias veces antes de morir. Aunque su forma de reproducción más común es a través de bulbo, raíz, rizoma o tubérculo).  Son las llamadas plantas perennes, normalmente de tallos leñosos que suelen perder su parte aérea durante el invierno y vuelven a brotar al año siguiente. Es el caso de gran parte de las aromáticas, y trepadoras como la capuchina y la pasiflora.

Cómo evitar la hibridación:

Si queremos mantener nuestra variedad y mejorarla, hemos de evitar que nuestras flores sean polinizadas por machos que no nos interesan.

En el caso de las flores autógamas, no hay mucho riesgo, ya que lo más probable es que se autofecunden. Excepción a este caso es el de las distintas variedades de pimientos pues aun siendo autógamas, las posibilidades de hibridación son de un 80% según estudios sobre esta planta. Por lo que si queremos evitarlo, deberemos recurrir a los sistemas utilizados para las plantas alógamas.

Dos son principalmente los sistemas para evitar la hibridación:

Podemos aislar las flores, con un cuidadoso proceso de fecundación manual y posterior protección de las flores fecundadas. En este caso, hemos de vigilar la flor femenina y aislarla antes de que se abra con un sobre o tela especial para estos casos, que evitará que el polen traído por los insectos o el viendo caiga sobre la misma. Es útil dejar otras flores de la misma rama a la vista para saber cuándo abrirá la nuestra. En el momento en que se abre la flor, cogeremos la flor macho y o bien con un pincel (si no queremos arrancar la flor) o bien con la propia flor masculina desposeída de sus pétalos, pintaremos el pistilo de la flor hembra. Volveremos a cubrir la flor hasta que veamos que comienza a formarse el fruto o se ha secado la flor. En este momento podemos eliminar la protección ya que no hay riesgo de fecundación.

Otro sistema, es el distanciamiento. Cada planta tiene unas necesidades de distanciamiento distintas. Este sistema es menos fiable, pero nos evita todo el trabajo manual de fecundación, ya que las posibilidades de que un insecto viaje de una planta a otra son más reducidas. Podemos evitar que en nuestro huerto coexistan dos variedades de una misma planta distintas o podemos trasplantar antes de la floración la planta que hayamos elegido como portagranos manteniéndola en un lugar libre de insectos polinizadores y de viento. Para las especies autógamas es recomendable la plantación con 2-10 m de distancia. En cambio para las alógamas es necesario que sean entre 300 y 1000m. Por lo tanto, este sistema no es posible en huertos pequeños y menos aún lo es en terrazas. Por lo que lo más sencillo es limitarnos a una sola variedad. Para algunas especies como aquellas que florecen después de haber dado la parte comestible (por ejemplo, podemos ir cogiendo hojas de lechuga según las vayamos necesitando y hasta que eche flor, momento en que las hojas se amargan y ya no son comestibles) lo más sencillo es retirar la planta o cortar el bulbo de la flor antes de que salga. Así, evitaremos que pueda ser polinizada por plantas no deseadas.

Cómo proteger las semillas de los depredadores:

El momento de producción de semillas de las plantas es un momento muy delicado. Para las plantas de fruto, puede que coincida con un desgaste de nutrientes del suelo que debilite la planta, para aquellas de hoja o de raíz, el momento de espigado y floración suele ser débil por naturaleza. Este es el momento idóneo para plagas como los pulgones para aprovecharse de la planta. Para evitar el ataque de plagas que podrían estropear la planta antes de que las semillas maduren, es necesario realizar un control regular y aplicar sustancias preventivas durante todo el proceso de formación de semillas.

Hemos de evitar también los excesos de humedad. En muchas ocasiones, el espigado produce un aumento vertical del tronco principal de la planta que puede hacer que acabe tocando el suelo debido a su peso, entrando en contacto con el agua de riego y favoreciendo la aparición de hongos. En estos casos, podemos considerar el tutorado.

Para otros depredadores como las babosas, no debemos descuidar la utilización de trampas. En el caso de los pájaros y ratones, grandes devoradores de semillas, el único modo de protegerlos es mediante mallas que no permitan su entrada, por lo que deberán estar bien fijadas al suelo.

Todos estos cuidados son de gran importancia ya que un depredador podría acabar con el trabajo de selección de portagranos en una sola noche.

Cómo cosechar las semillas caso a caso:

Decíamos al comenzar que cada especie tiene sus peculiaridades, pero por lo general, sabremos que ha llegado el momento de recolectar cuando los frutos estén muy maduros (en el caso de plantas de fruto), podamos ver las semillas y se hayan tornado oscuras y duras, las inflorescencias estén secas o la planta haya secado.

Siempre que recojamos un tallo con semillas, los dejaremos algo más de tiempo a secar en secaderos especiales (mallas, ramilletes colgados, redes, papel o cartón…) para esta práctica para asegurar que no exista humedad que pueda deteriorar y contagiar a todas las semillas durante los meses de almacenaje. Sobre sistemas de secado hablaremos en el próximo taller.  Hemos de tener cuidado que la temperatura mientras sucede el proceso de secado no ascienda de los 30 grados ya que podría deteriorar la semilla y volverla no fecunda.

Podemos distinguir los tipos de recolección según la familia:

En el caso de las leguminosas (habas, guisantes, judías…), por ejemplo, hemos de esperar a que las vainas amarilleen y sequen para poder recolectar. Después, haremos crujir las vainas para separar las semillas de las partes vegetales innecesarias. En el caso de estas especies, tendremos especial cuidado con aquellas semillas que contengan algún tipo de defecto, ya que podrían contener gorgojos que podrían salir una vez que estén almacenadas, estropeando el resto de semillas.

Para las apiáceas( zanahoria, perejil, apio e hinojo), las flores o umbelas pasarán de verde a marrón. Podemos saber si ya están las semillas listas si al frotarlas desprenden aroma. Entonces las cortaremos y las dejaremos secar del todo. No debemos esperar a que la planta amarillee del todo ya que es posible que entonces las semillas se hayan estropeado.

Las asteráceas (lechugas), esperaremos a que las flores saquen una pelusa blanca similar a la del diente de león. Hay que tener especial precaución con éstas ya que maduran muy  rápido y el viento se las lleva con facilidad. Cortaremos el tallo y dejaremos secar también.

En las brasiáceas (coles, brócoli, coliflor…) veremos cómo de la flor sale un tallo floral menor del cual saldrán unas vainas pequeñas que se volverá de amarillo a marrón. Hemos de tener cuidado para aquellas plantas que forman cogollo de no realizar esta práctica, ya que la flor nacería dentro del cogollo y acabaría pudriéndose.

El caso de las curcubitáceas (pepino, calabaza, sandía…), al ser plantas de fruto es distinto. Aquellas que hayamos seleccionado para semillas, las recolectaremos lo más tarde posible, antes de que se pudran o que comiencen las heladas.

Para las liliáceas (cebollas, ajos…), esperaremos hasta que salga el tallo florar y dejaremos oscurecer.

Para las quenopodiáceas, de las cuales destacamos las espinacas hemos de reconocer las hembras primero (esta especie es dioica) y cuando florezcan fecundaremos manualmente. Las semillas podrán verse cuando estén maduras. Para el caso de las remolachas, el proceso es más complicado. Éstas son bianuales, por lo que deberemos esperar a la primavera siguiente. Desafortunadamente, no son plantas que aguanten bien las heladas, por lo que mucha gente las retira y guarda los bulbos en paja y a cubierto hasta la primavera siguiente, en la que resembrará y dejara ir a flor. El tallo de la remolacha engordará y crecerá a lo alto dando paso a ramificaciones de las que saldrán las semillas. Cuando se tornen marrón podremos cosecharlas. Para las acelgas, también bianuales, no tendremos tanto problema. Dejaremos ir a flor, tutoraremos si es necesario y retiraremos las semillas cuando las veamos amarillear y endurecerse.

Dentro de las solanáceas los procesos son diferentes también. Descacamos tres especies: los tomates, cuya fecundación autógama evita riesgos de hibridación, dejaremos madurar los frutos y realizaremos un proceso de fermentación (ver cuadro más abajo) antes de retirar las semillas para conservar. Para las berenjenas, dejaremos que el fruto se vuelva color beige, retirar entonces de la planta y dejar pochar en una rejilla. Después realizar el proceso de fermentación similar al del tomate.  Para los pimientos, retiraremos los frutos deseados cuando comiencen a arrugarse, dejaremos secar y una vez crujientes, separaremos las semillas de las partes carnosas. Eliminaremos aquellas semillas que hayan ennegrecido.

A continuación presentamos algunos ejemplos de extracción:

extraccion de semillas

Cómo conservar las semillas

Es importante eliminar todos los restos vegetales que hayan quedado pegados a las semillas para evitar pudriciones. Para ello podemos utilizar un tamiz. También es común la trilla o la extracción manual.

A la hora de mantener las semillas la elección del recipiente puede variar las condiciones de conservación. Lo ideal es utilizar sobres de papel o cajas de madera, ya que estas últimas permiten mantener unas condiciones de temperatura similares a lo largo del año, y además, al igual que el papel permiten la transpiración de las mismas sin permitir que entre la humedad. Los recipientes de cristal, plástico o metal no poseen estas cualidades.

Las condiciones de temperatura y humedad deben ser preferentemente bajas y hemos de tener en cuenta la duración de las semillas antes de su pérdida de calidad.

Más información:

Sobre la lucha contra la privatización de las semillas

sobre la ley de semillas de la UE

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