Recetas de invierno

Recetas propias de noviembre

En esta entrada:

Batido energético y revitalizante de otoño

Pizza de coliflor

Ensalada de calabaza asada con rúcula y aliño balsámico

El modelo alimentario actual es profundamente insostenible. Lo es porque se basa en una concepción de la agricultura que emplea todo un gran cantidad de productos derivados de la industria agroquímica, en sí, derivados del petróleo, peligrosos para los agrosistemas y la salud humana, con la intención de abaratar costes e incrementar los rendimientos a costa del perjuicio del medio ambiente. Abusa de recursos como el agua y la tierra fértil, que son sometidos a un proceso peligroso de degradación. Por tanto, la agricultura industrial no tiene futuro porque es una agricultura energéticamente subsidiada por combustibles fósiles, tanto en la fertilización, como en el uso de maquinaria agrícola, el transporte de comida a larga distancia o los procesados industriales. Y la era de los combustibles fósiles se acaba. La sostenibilidad futura de nuestras sociedades pasa, necesariamente, por una revolución agroecológica.

En el siglo XXI ya no comemos patatas hechas de semillas, agua, nutrientes y energía solar. Ahora comemos patatas hechas de petróleo.

Las formas agrícolas tradicionales eran sistemas en los que, aunque la obtención de comida era mucho menor, en su producción el ser humano invertía menos energía, en forma de trabajo humano y animal, de la que obtenía en forma de alimentos. Por tanto, las sociedades agrícolas del pasado eran sistemas relativamente sostenibles (a pesar de padecer de importantes impactos negativos como la erosión del suelo o la deforestación). Sin embargo, la Revolución Verde y la industrialización del campo cambiaron las tornas y convirtieron a la agricultura en un agujero negro energético: pesticidas, fertilizantes, irrigación, maquinaria agrícola, transporte a centros de consumo lejano, refrigeración, tratamiento y empaquetado… La agricultura industrial solo puede funcionar porque es una agricultura subvencionada energéticamente por los combustibles fósiles.

Respecto al transporte, en España, este es el sector económico con más demanda energética, supone un 40% de nuestro presupuesto energético. En este sector, el petróleo es responsable del 95% del transporte del mundo. Dada la importancia del transporte en la actual economía global, donde el tráfico de personas y mercancías alrededor de todo el globo es tan intenso, y donde las regiones se han podido especializar en producciones muy específicas pues todo lo que no se produce autóctonamente se importa, se visualiza muy bien la idea de que el petróleo es la sangre que alimenta nuestro presente.

Por consiguiente, una disminución severa de combustibles fósiles en un modelo de agricultura industrial como el que tenemos traería como consecuencia el fallo general del sistema de producción alimentaria y por tanto el hambre. Por efecto combinado del cambio climático y el declive de los combustibles fósiles, la alimentación se va a convertir en el problema social central del siglo XXI. En el horizonte, una batalla entre dos propuestas: la intensificación injusta y suicida del modelo vigente (transgénicos, acaparamiento de tierras para la exportación mercantil del suelo) o una apuesta decidida por la soberanía alimentaria, la agroecología, el campesinado familiar y los circuitos cortos de comercialización.

Y ya no solo eso, sino que los productos de ultramar, que recorren cientos de kilómetros hasta llegar a nuestras mesas, necesitan gran cantidad de conservantes y aditivos para que se mantengan en buen estado en las estanterías de los supermercados, y aquí incluimos los alimentos que llamamos “frescos”. Sería interesante hacer un cálculo de los km que recorren nuestros alimentos antes de ser comidos y ver la cantidad de contaminantes que han emitido a la atmósfera desde su nacimiento hasta nuestra cocina. [1]

La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a decidir cómo producir y distribuir sus propios alimentos, garantizando la alimentación de todas las personas. Este derecho se sostiene en el trabajo de los pequeños y medianos productores, que mantienen la producción de especies autóctonas, basándose en los conocimientos tradicionales y en el sostenimiento de la biodiversidad. Permite recuperar nuestra capacidad de abastecernos de alimentos fuera de los mercados mundiales, al tiempo que refuerza la producción local y contribuye a cuidar el medio ambiente, ya que los agricultores locales producen alimentos que necesitamos y se reducen los costes de transporte y la contaminación porque los circuitos de comercialización son mucho más cortos.

Por todo lo anterior, un cambio en el modelo productivo de alimentos que implique cultivar productos en zonas cercanas a su consumo y hacerlo de manera ecológica, reduciría enormemente el uso de estos derivados del petróleo que están en declive. La llamada relocalización productiva llega consigo un cambio en la dieta, ya que obliga a obedecer los procesos naturales de producción de alimentos y por tanto, a cultivar aquello que es de temporada. Estas dos facetas, casi inseparables de la producción ecológica, hacen nuestras sociedades más resilientes y capaces de enfrentarse a problemas que comienzan a entreverse como es el declive de los combustibles fósiles.

A nuestro favor, tenemos la suerte de vivir en un país que produce gran variedad de productos hortícolas y frutales, desde aguacates hasta kiwis, pasando por todo tipo de verduras tanto de temperaturas más frías como de calor. Aprovechemos nuestra ventaja para llevar una dieta más saludable sin tener que exportar productos de ultramar.

No podemos olvidar que comenzar a consumir local no es algo que pueda suceder de la noche a la mañana: el deterioro y reducción de las zonas de producción agropecuarias dentro de nuestras zonas aledañas. Madrid y las provincias colindantes son un claro ejemplo de esto. La mayoría de los alimentos que consumimos se producen fuera de la comunidad.  De hecho,  el sector agrícola-ganadero posee un peso relativamente escaso dentro de la economía de la región (apenas un 0,2% del PIB). Es nuestra tarea demandar productos de cercanía para ayudar a potenciar este tipo de consumo.

Y además en el caso concreto madrileño, por suerte, la agricultura de esta región posee un grado de variedad mucho mayor que el de las provincias colindantes. Ello es consecuencia de las tres unidades de relieve que definen el medio físico de la región y que permiten la existencia de bosques, pastos, cultivos herbáceos de secano, viñedo, olivar y cultivos hortofrutícolas de regadío, dentro de una superficie relativamente reducida, con dos áreas de especial actividad: las comarcas serranas y los valles interfluviales.

Hemos de tener en cuenta también la pérdida de especialidades autóctonas. Actualmente, organismos como el Instituto Madrileño de Investigación y desarrollo rural y agrario se encargan de recuperar las variedades autóctonas. En concreto esta institución ha recuperado y caracterizado 48 variedades de judía, fundamentalmente de la Comarca de la Sierra para su consumo humano en verde o en grano, identificando su origen y sus diferencias y similitudes con otras variedades españolas. Se han recuperado frutales tradicionales de la Comunidad de Madrid de las siguientes especies: manzano, peral, ciruelo, cerezo y guindo. Además, se conservan variedades tradicionales de ajo, melón, fresa, espárrago, cebolla, pimiento, tomate, berenjena, lechuga, acelga, espinaca, calabacín, garbanzo, lenteja, judía, haba, pepinillo y sandía. Por tanto, es posible tener dietas muy variadas dentro de nuestras zonas más cercanas.

Hacer un cambio de dieta hacia pautas más sostenibles no es sencillo, pero con una pequeña ayuda es altamente posible y el cambio puede producirse de manera paulatina hasta la total exclusión de nuestra dieta (o el consumo esporádico) de productos de ultramar.

*Gran parte de la teoría de este taller está sacada de

http://www.lineaverdemostoles.com/retos-y-alternaticas-ecosociales-siglo-xxi.asp

y de Arce, María et al. (2011), Ecología sobre la Mesa, Cambalache, Oviedo.

 

RECETAS DE OTOÑO

Batido energético y revitalizante de otoño

El plátano contiene vitaminas como la E y la C. Es útil en momentos de descomposición intestinal, y posee un alto valor energético. Se utiliza sobre todo como postre o en zumos. Es una fruta tropical pero gracias a las Islas Canarias, podemos disponer de ella durante todo el año de manera sencilla.

Las frambuesas tienen propiedades antioxidantes y desinfectantes, por lo que previenen el envejecimiento prematuro y ayudan a librear toxinas de nuestro cuerpo. Además, otorgan un sabor intenso a cualquiera de los platos en los que se utilice.

Las espinacas son fundamentales en la prevención de anemia por su alto contenido en hierro entre otros minerales importantes para nuestro organismo como el magnesio y potasio. Al igual que la zanahoria contiene betacaroteno, por lo que reduce las enfermedades oculares y regula la tensión arterial gracias a su alto contenido en potasio y bajo contenido en sodio.

Poner en la batidora un plátano, un puñado de frambuesas y un puñado de espinacas. Batir bien. Si se desea más líquido se puede añadir un chorro de leche de almendras, el zumo de una naranja o un poco de agua.

Pizza de coliflor

La coliflor tiene propiedades antioxidantes y depurativas, ya que ayuda al hígado a desintoxicar el organismo. No tiene prácticamente grasa ni hidratos de carbono, por lo que es muy recomendable para procesos de adelgazamiento y para evitar la retención de líquidos en fases de obesidad.

Ensalada de calabaza asada con rúcula y aliño balsámico

La calabaza ayuda a regular los niveles de azúcar en sangre, ayuda a la eliminación de mucosidad en bronquios, pulmones y garganta. Ayuda a prevenir el colesterol, con un alto efecto depurativo y las enfermedades oculares por poseer betacarotenos.

La rúcula como todas las hortalizas de hoja verde, es desintoxicante. Además, ayuda a fortalecer el organismo debido a su alto contenido en vitamina C y ayuda a mejorar la digestión y nos da impresión de estar llenos a pesar de su bajo contenido en hidratos de carbono. Posee un sabor fuerte pero muy interesante, que combina genial con otras verduras para ensalada, en platos de arroz con verduras para darle un toque fuerte o incluso deliciosa sustitutiva de la lechuga acompañando en bocadillos.

Cortar la calabaza  en dados y asar con un poco de aceite y sal en el horno. Dejar que enfrie un poco y servir con rúcula y vinagre balsámico.

[1] Puedes hacer este cálculo en http://www.alimentoskilometricos.org/

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